jueves, septiembre 09, 2010

La huella del tigre

Aldo Santos

Las mujeres y hombres Arasaire dominaban la cuenca del río Arasa y parte del Inambari, de allí su procedencia, en los límites de lo que hoy son las regiones de Cusco, Puno y Madre de Dios. Hoy, gran parte de su territorio ha dejado de pertenecerles, sucesivas invasiones y la voracidad de los “nuevos dueños” ha terminado por reducir su espacio a pequeñas comunidades asentadas en las márgenes de la carretera Interoceánica.

Pero los Arasaire también le dieron nombre a Huepetuhe, que en su lengua significa “huella de tigre”; sin embargo Huepetuhe tiene hoy otras connotaciones que difieren totalmente de aquel significado original que denotaba la presencia de tigres o propiamente otorongos en la zona, sólo para escribir sobre una de las tantas especies que se han visto afectadas por el asentamiento de nuevos centros urbanos y actividades como, la tala y la minería ilegal.

Me enteré de Huepetuhe por relatos que narraban hazañas de camioneros y comerciantes que abastecían el asentamiento humano, más tarde por recortes periodísticos que revelaban los alarmantes índices de contaminación ambiental que existen en la zona y el último tiempo porque visite el lugar.

Lejos de toda suposición, crucé el río Inambari, recorrí a bordo de una camioneta el camino que separa a la capital del distrito del puerto Punkiri y me interné en medio de las montañas de arena que más allá de remitirme a la Amazonía, parecían el escenario de un asentamiento humano en medio del desierto costero. Volquetes, cientos de volquetes, cargadores frontales y modernos motores operados por grupos de hombres repetían la misma hazaña día y noche.

Las noches con sus bares, discotecas, prostíbulos y mucho derroche son la combinación perfecta para un lugar que se ha convertido en el icono de la minería ilegal en el país. El puesto policial parece un guiño o un disimulo estatal para hacer sentir su presencia, lo mismo la Municipalidad que pareciera competir con los gallinazos en ver quién se lleva primero los desechos.

Pero los efectos de la minería ilegal no sólo son ambientales. Trata de personas, cuyas víctimas son menores de edad que llegan en calidad de esclavas sexuales; trabajo en condiciones inhumanas, con mano de obra barata que generalmente procede de regiones altoandinas como Cusco y Puno, que exponen su vida diariamente a riesgo de morir y ser abandonados sin contar con ningún seguro de vida, violencia, delincuencia, corrupción y todos los efectos que genera una actividad ilícita.

Y claro, los “varones del oro” que a bordo de lujosas camionetas recorren amenazantes el pequeño poblado. Un contraste del que se habla poco aunque parezca una expresión surreal ver una camioneta del año, en medio de precarias viviendas de madera y techo de calamina, lo mismo que la moderna maquinaria que se emplea para la extracción de oro.

En este preciso instante las mismas escenas se repiten: Proveedores de combustible, vendedores de maquinaria y mercurio siguen nutriendo el negocio minero, proxenetas siguen ofertando servicios sexuales de menores de edad, nuevos migrantes del ande siguen llegando como carne de cañón para ganarse la vida, los “varones del oro” siguen engordando sus billeteras, los ríos se siguen cargando de mercurio y mujeres, hombres y niños se siguen llenando de él.

Ese es el rostro de la ilegalidad, ¿acaso el escenario es distinto en tantos otros asentamientos mineros como Ananea, La Rinconada, Limonchayoc o Winchumayo? Tengo la certeza de que Huepetuhe se ha globalizado y asistimos a lo que Alberto Acosta llama “La maldición de la abundancia”, donde lo patrimonial -el sólo tener- ha reemplazado al objetivo del crecimiento económico, que es el vivir dignamente.

Publicado en el diario Los Andes

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