Por: Aldo Santos
Han transcurrido algunos minutos de las 7 de la mañana y el abrazador sol de verano aún no ha terminado de ponerse mientras uno a uno se van acercando personas cuyas identidades aún desconozco que, sin embargo sé que provienen de instituciones vinculadas a la defensa de los derechos humanos. Nos saludamos, conversamos, intercambiamos opiniones, mientras esperamos al bus que nos llevará a la sede policial de la División Nacional de Operaciones Especiales de la Policía Nacional del Perú (DINOES) en el distrito limeño de Ate.
Hoy se realiza la treceava audiencia del juicio al ex presidente Alberto Fujimori, entre tanto diversas ideas discurren en mi mente, no puedo dejar de pensar en lo histórico que es este momento, nunca, en la vida republicana de este país, un presidente había sido procesado como un ciudadano mas, recuerdo las atrocidades de otros gobernantes que pasaron al olvido impunemente, “ojalá que este hecho siente un precedente”, pienso.
Una vez abordado el bus suben también los abogados de la parte civil, se sientan juntos, planifican su estrategia: “medida cautelar, interrogatorio, proceso”, son algunas palabras que oigo de ellos, el bus avanza y en determinado momento una patrulla policial se suma a nuestra delegación para custodiarnos y a través del cristal diviso las abismales diferencias que existen en la capital. Ate y La Molina son distritos colindantes y en diversas ocasiones han sido objeto de tensiones que tan cómica y gráficamente expresa un programa cómico de la televisión nacional.
La sede de la DINOES es extensa, la presencia policial está por donde se mire, algunos de ellos nos invitan a acercarnos a un ambiente acondicionado para nuestro registro respectivo. La seguridad es extrema, una advertencia me indica que tengo que dejar mis llaves y el teléfono móvil, además de colocarme en el cuello una identificación que versa “Distrito Judicial de Ate”; al salir del lugar, otra unidad nos conduce hasta la sala desde la cual participaremos de la audiencia.
En una sala contigua, la prensa, en un ambiente especialmente acondicionado para ellos, los familiares de las víctimas, promotores de derechos humanos y seguidores de Fujimori, se mezclan entre si, mientras esperan el inicio de la audiencia. A las 9:30 ingresa en escena el acusado, casi no mira, sólo se limita a elevar su mano brevemente para saludar a sus hijos Kenyi y Sachi, quienes religiosamente asisten a las audiencias. Fujimori se sienta en el banquillo de acusados, entretanto los abogados, jueces, fiscal y efectivos policiales hacen lo propio en sus lugares. “Buenos días, por favor todos de pie”, dice la secretaria de la sala, lo cual marca el inicio de la audiencia de hoy.
El juez, luego de algunas indicaciones previas, llama al primer testigo, José Delgado Bejarano, general en retiro, quien luego del juramento pasa a atestiguar. Por su parte, el abogado Nakasaki, despliega su interrogatorio intentando demostrar que en el gobierno de Fujimori no se violaban los derechos humanos, acusación que le hizo el Fiscal, lo que es corroborado por el testigo, quien añade que tampoco tenía conocimiento del grupo Colina, “me enteré por los medios de prensa”, señala, además niega su participación en una reunión en la que se habría acordado una política de “guerra de baja intensidad”.
Un dato importante es que el general Delgado Bejarano, estuvo a cargo de la Región Apurímac en 1989, lo que le valió ser procesado por la muerte de Moisés Carbajal, muerto en el interior de un cuartel militar, el general se habría desempeñado también como Jefe de la División de Inteligencia del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas el mismo año.
Las acusaciones en contra de Fujimori buscan demostrar que éste tuvo injerencia directa en el autogolpe del 5 de abril de 1992, día en el cual miembros del ejército peruano secuestraron a periodistas y políticos como Gustavo Gorriti y el actual premier Jorge del Castillo respectivamente. Otro cargo que se le imputa es la promoción de una “guerra de baja intensidad” o “guerra sucia” que, a partir del año 92 habría sido una estrategia para la lucha contrasubversiva, esta estrategia habría contemplado la creación de grupos paramilitares de aniquilamiento selectivo como el famoso grupo Colina, responsable de la matanza de estudiantes de la Universidad “La Cantuta”, grupos que habrían contado con la aprobación del ex presidente.
Fujimori, que viste una corbata amarilla con rayas negras, toma nota, observa, escucha atento las respuestas del testigo. Carlos Raffo, congresista de la república y fiel seguidor de Fujimori, luce más intranquilo, una y otra vez abandona la sala, se acerca repetidas veces a un grupo de mujeres seguidoras de Fujimori, les habla al oído, recibe el asedio de un periodista, “él nunca se pierde ninguna audiencia”, me dice un hombre que se sienta al lado mío.
En ese momento entra en escena el general en situación de retiro Carlos Jacinto Chamochumbi, quien fuera sub jefe del estado mayor del ejército, él también repite lo mismo que su colega previamente interrogado “desconozco la existencia de una directiva para ejecutar el golpe del 5 de abril” señala, sin embargo añade que su retiro le pareció injusto dado que “tenía una brillante carrera militar” y se preparaba para asumir un cargo de mayor importancia.
El tercer testigo, General José Gabriel Pastor Vives, reiteró el argumento utilizado por sus colegas. Los generales Víctor Manuel Pizarro y Alfonso Robledo del Águila, dieron sus testimonios en la misma línea: “No sé nada, me enteré del golpe del 5 de abril por los medios de comunicación, yo no participé de él”; la declaración que más llamó mi atención fue la del general Robledo quien dijo: “me enteré (de los planes del golpe) indirectamente, por mi esposa; a mí no me llamaron” y en otro momento refirió: “Una guerra es una guerra, alguien tiene que morir”.
Los testimonios me dejaron la impresión de que durante los primeros años del gobierno fujimorista las fuerzas armadas estuvieron en manos de generales “sin mando ni comando”, términos ampliamente explicados por uno de los generales, sin capacidad, que no tenían idea de lo qué sucedía a su alrededor y no eran tomados en cuenta por sus superiores, o es que acaso los generales, como dicen muchos en las calles, pretenden burlarse de los peruanos pregonando inocencia y tomándonos el pelo, ya que conocerían perfectamente de lo ocurrido el 5 de abril.
Para el caso puneño, valdría la pena hacer memoria de quienes en esa época detentaban el poder militar y sobre su nivel de influencia, con la anuencia cómplice de muchos funcionarios y periodistas que hoy transitan impunemente, escondiendo y negando su complicidad con los fujimoristas. No se trata de una persecución, se trata de justicia y de que aquellas personas que se beneficiaron ilícitamente del régimen fujimorista se muestren como tales y no se escondan tras el velo del olvido. Particularmente recuerdo al general Luis Paz Cárdenas, quien incluso llegó a ser Presidente Ejecutivo del Consejo Transitorio de la Región Moquegua, Tacna, Puno (CTAR) y cómo olvidar al coronel Alberto Pinto Cárdenas, ex Jefe de la IV Brigada de Montaña, presidente del CTAR y candidato al Gobierno Regional puneño el año 2002, recientemente capturado por su participación en la matanza de Barrios Altos y La Cantuta como integrante del Grupo Colina.
Pero todos estos militares tuvieron sus cómplices civiles, en el Poder Judicial, en las instituciones públicas, en los medios de comunicación, bien haríamos los puneños en hacer memoria de quiénes detentaban el poder durante el régimen fujimorista.